Freddy Ginebra celebrando la vida: Natacha, una mujer especial
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Freddy Danilo Ginebra (Santo Domingo; 17 de febrero de 1944) es un gestor cultural y escritor dominicano.
El día que Natacha se fue al cielo dos ruiseñores se posaron en mi balcón y le cantaron a una tímida luna que tardaba en salir. En la lejanía un grupo de nubes formaron una hermosa figura que invitaba a soñar. Fue un día extraño donde el silencio se ocupó de inundar con su majestuosidad todo el barrio de Gurabo y sus alrededores. Esto lo supe después.
Natacha era una mujer muy especial. La conocí cuando haciendo ella el papel de Julieta me tocó a mí ser París en un especial de televisión que dirigía Max Pou en los años en que Santo Domingo era una ciudad pequeña, donde todos nos encontrábamos.
Natacha era tan bella que de solo verla daban deseos de convertirte en poeta. Inspiraba alegría y deseos de vivir.
Natacha intensa y dulce, diferente a las demás, de una larga cabellera y una cabeza llena de sueños de igualdad.
Natacha amor a la vida, sabía que encontraba la belleza donde quiera que posara sus ojos. Natacha comprensión, dispuesta a tender la mano especialmente a quienes no tenían quién les tendiera la mano, amiga comprometida, capaz de sacrificarlo todo si era necesario para socorrer a quien la necesitara.
Natacha también era silencio y secreto, dulzura y ternura, amó a los más pobres y comprometió su vida refugiándose en el campo cuando la ciudad se le hizo extraña y hostil y con ella se llevó a todos a cuantos amaba.
No me extrañó cuando una vez junto a su esposo me contó su afán de cambiar al mundo desde un humilde barrio de Gurabo. - Necesito tan poco-, me dijo: - y lo tengo todo, amo y soy amada, ¿qué más puede pedir un ser humano?
Natacha, incomprendida, a veces daba por respuesta una sonrisa cuando al verla caminar por caminos difíciles y empedrados de la vida decía que para ser feliz había que dejarlo todo y abandonarse a sus sueños.
Cuando Tete, su hija, me llamó para comunicarme que su madre había partido a ese cielo, del cual tanto hablábamos, no pude llorar. Entendí que mi amiga tendría prisa en llegar al misterio y unirse a los suyos que tanto amaba.
Había planeado visitarla en esos días y me sorprendí por su súbita partida, pero esa mañana cuando esos pajaritos me visitaron supuse algo importante sucedía.
Hoy su amado esposo apenas haciendo unos días de su partida corrió a su encuentro. Lo entendí. Natacha, que ya intuía su compañero de vida estaba a punto de partir, había adelantado su viaje para preparar el destino en el inmenso amor que les esperaba.
Hoy, por fin, descubrí por qué las nubes aquellas que viven en Gurabo, esas que juguetean con el viento y forman figuras que solo los poetas y soñadores pueden descifrar, habían descendido y con una luz de sol adormecido inundaban mi pequeño balcón citadino.
El asombro, al cual estoy acostumbrado, me hizo elevar una oración al firmamento insondable y ver a mi Dios sonreír... Natacha y Catucho habían regresado juntos al Gran Amor.